La lucha por la libertad. A mi “Puchi”


Dicen que la realidad supera la ficción.  Absolutamente de acuerdo.

 El ser humano es capaz de resurgir como el ave fénix después de caer. Y crece más fuerte y más libre. 

Y en esa lucha me encuentro; siempre fortaleciendo mis raíces sin perderlas de vista ni un solo día.  Soy familia monoparental. Vivo en una isla en la que hay diversidad cultural...lugar de emigrantes en su día y de inmigrantes hoy...todos son bien recibidos.  Pero no todo vale.

Hace algo más de un año y medio que mi "Puchi"  que por entonces tenía ocho años, comenzó a mostrar pequeños cambios en su carácter. Tan pequeños que pasaron por alto ante mí. Pequeños temores a la hora de volver de un fin de semana cuando estaba con su padre,  diminutas actitudes cambiantes. No supe percibirlas.

Un día llegó a casa y lo primero que hizo fue mostrarme sus nuevas pulseras... tenía dos pulseras que yo interpreté como una actividad manual. " Y ésta es la del amor, mami. La tenemos papi y mis hermanos pequeños. Con esta pulsera siempre estaremos unidos" , me dijo. Cierto es que jamás se la quitaba, ni siquiera para lavarla. Era amarilla y verde. Ignorante de mí, le di semejanza con la bandera de Brasil.

Pasaron las semanas y esos cambios de carácter, ese temor,  esos pequeños miedos empezaron a convertirse en terrores nocturnos. Terrores que expresaba con que algún animal le atacaba. El rendimiento en el colegio empezó a bajar poco a poco...y comenzó a expresar alguna vez que no quería ir con su padre. Pero tenemos que cumplir convenios.

Por el mes de julio, paseaba yo por mi barrio cuando se me acercó una muchacha que conozco bien.

 -¿Puedo hacerte una pregunta? 

-Claro!" Contesté yo. 

-¿ Tú qué religión practicas? Me refiero...En qué crees tú?

No supe responder...lo primero que me vino a la mente fue...en la bondad del ser humano.

- Es que he visto que tu "Puchi"  lleva una pulsera muy característica; es una pulsera de la religión yoruba. 

En ese momento, tras un buen rato debatiendo, con mi racionalidad y mi lógica que me caracterizan, di por imposible su argumento.

¿ Por qué no le habré hecho caso? Hubiera ahorrado meses de sufrimiento a mi "Puchi".

Hablé con la niña y me negó la mayor...divagaba y se atascaba hasta el punto del llanto, pero negando la mayor. Ante esto, decidí dar el tema por zanjado.

En septiembre me avisa su padre que se va de viaje un mes y que no podría recogerla.

Vuelta de nuevo a empezar...

-  ¿Que se va a Cuba un mes de vacaciones?   Ha ido a convertirse en santero!

A la vuelta de su viaje, la cruda realidad se abrió ante mis ojos...mi hija seguía teniendo sus altibajos y yo seguía indagando en dirección errónea. 

Un primer día que vi a su padre vestido de blanco impoluto con sus collares no me bastó. El segundo día creí morir... 

Había perdido un tiempo precioso para mi "Puchi". Aún hoy me atormento por ello.

Una primera conversación despejó cualquier duda; afloró ante mí la sorpresa de que yo lo supiera y el miedo por ello. Era la primera vez que veía claramente el miedo en una niña tan pequeña. Ahí la tenía, ante mí, contándome que ya no le hacía falta estudiar porque el espíritu de un señor bueno le acompañaba y le haría aprobar sus exámenes, contándome que no me preocupara por ella, que nunca se iba a poner malita porque los espíritus la cuidaban y la sanaban y un sin fin de ideas y convicciones falsas que se cumplirían si jamás se quitaba la pulsera.  Que ya lo malo había pasado.  Esta conversación estuvo acompañada de tiras y afloja que la llevaban a acurrucarse en un lado del sillón a llorar una y otra vez.

Empieza mi llamamiento SOS. Necesitamos ayuda. Navego entre decenas de páginas durante un par de días a la par que intento hablar con ella y voy obteniendo datos. Ya comienza a manifestar que lo ha pasado mal, que las ceremonias a las que fue sometida le daban miedo.  Y dos días después encuentro por casualidad en la red un número de teléfono de redUNE, una asociación que ayuda a las familias a salir de esos círculos y manipulaciones y lucha porquese reconozca el abusode debilidad como delito. 

Era un domingo cualquiera y mandé un mensaje que sorprendentemente obtuvo respuesta inmediata. Ahí estaba Juantxo, al otro lado del teléfono para tranquilizarme y decirme que esto tiene solución, que las personas salen de estos grupos aunque el camino es largo y a nivel jurídico hay sentencias que ya protegen a los menores introducidos en estos grupos coercitivos.

Tengo que admitir que fue un gran soplo de aire dentro de mí.  En unos minutos ya tenía información para ponerme a estudiar y el teléfono de un psicólogo para poder trabajar yo con mi "Puchi".

Fueron semanas muy largas, con mucho sufrimiento por parte de la niña. Comenzó a relatar cómo fueron los rituales a los que asistió y el miedo que pasó. Pidió ayuda en las ceremonias, pero lo único que obtuvo fue un "tú no mires, colócate 

de rodillas en el suelo, agacha la cabeza y cierra los ojos".  Todo un despropósito, si señor, más teniendo que cuenta que allí estaba su padre, su abuela y su tía. Nadie fue capaz de sacarla de una ceremonia en la que colgaron sábanas blancas y toallas para no ser vistos, en la que la sangre de los animales estaba alli presente, con personas hablando una "lengua rara", en la que ella no eligió estar.

Comenzamos el largo camino hacia la estabilidad y la libertad.  Lo importante es reflotar a la niña con el menor sufrimiento posible. Trabajamos a varias bandas: redUNE, un psicólogo que me orienta, una abogada que pone toda la carne en el asador y hasta una santera que me cuenta en qué consiste este mundo y las fases por las que debió de pasar mi "Puchi". La abogada fue tajante: Lo que se le ha hecho a la niña ataca de lleno a la patria potestad. 

La pobrecita mía era una montaña rusa de sentimientos y emociones.  Tocó fondo mostrando su sufrimiento en forma de enfermedades agudas repetitivas, fiebre y síntomas que la pediatra no podía justificar, miedo a salir a la calle para que su padre no la pudiera recoger... Bajada notable en el rendimiento escolar...una situación que nunca debió darse.  Era evitable. Su dolor era evitable. Su miedo era evitable.  Era una niña destrozada .

Han pasado los meses y un confinamiento que han dado mucho de sí. 

En febrero ella misma decidió que no quería ir con su padre y hasta el día de hoy...así ha sido. Ha conseguido ir verbalizando poco a poco sus vivencias y su aleccionamiento en la regla de Osha. Es sorprendente la cantidad de información que posee, con pelos y señales. Es sorprendente cómo cuenta que el padrino (persona que gestiona el grupo) daba permiso en los quehaceres de su vida  diaria: horarios en los que podía salir a la calle, adoraciones a los iconos de culto,  prohibición de ir a la playa, permisos que tenía que solicitar al padrino...y una innumerable lista de acciones cotidianas que se vieron mermadas ante ella. Es sorprendente el esfuerzo que se ha hecho con ella para que no contara nada a nadie, bajo la amenaza de que nadie la comprendería y que si yo me enteraba, la separaría de su lado. Es sorprendente la capacidad de este grupo para hacerse con el control de las personas en un momento de su vida bajo la promesa de que resolverán los problemas de distinta índole que puedan tener.  Es sorprendente cómo se borra de un plumazo lo aprendido durante años para pasar a creer en cosas etéreas, sin sentido.

En mi caso se trata de una menor. Y a pesar de mi tardanza en darme cuenta de lo que  ocurría, se puso remedio a tiempo. Siempre ha sido una niña feliz. Pero su pequeña cabecita no ha podido hacer frente a tanta manipulación y mentiras. 

Hoy en día acude a salud mental para poder recuperar la "Puchi" que ha sido siempre, se encuentra tranquila en el ambiente donde creció y muestra rechazo férreo ante estas prácticas santeras, más ahora que su padre se ha convertido en santero y puede basar en ello su vida.

Hablamos de religión? No lo creo. Hablamos de lo que es: un movimiento basado en la santería y en creencias ancestrales con sus rituales y manipulación de sus adeptos. Hablamos de un grupo coercitivo y en el caso que nos ocupa, de una secta liderada por un padrino que dirige la vida diaria de los suyos. Él decide qué puedes o no puedes hacer. Y no por estar extendido en este lugar debo darlo por válido. No doy por válida ninguna maniobra que coarte la libertad y la integridad. Me niego a ello.

Y mientras,  sigo culpándome de no haber podido evitar su sufrimiento y le martirizo cada vez que cierro los ojos y la imagino de rodillas con el gallo dando vueltas a la altura de su cuello en presencia de la familia. Pero algo sí puedo gritar bien alto:  No puedo estar más orgullosa de mi "Puchi", de su fuerza, de su valentía para luchar y de su fortaleza ante la adversidad.

Seguimos en el camino!


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